Relato de algunos encuentros con G. I. Gurdjieff Por Sir Paul Dukes. En medio del auge cultural y la agitación intelectual de la Rusia pre-revolucionaria, un joven inglés estudiante de música se lanza a una aventura espiritual. Conducido por una ruta sinuosa hasta llegar a un apartamento retirado, decorado con tapices orientales,conoce allí al misterioso Príncipe Ozay. La experiencia que se le revela centra al joven estudiante en la vida interior del hombre y en una asombrosa interpretación de la oración del Padre Nuestro mediante una técnica que funde la oración, la música y la respiración a fin de tocar las más secretas profundidades del alma. De un solo aliento. Una interpretación perdida del Padre Nuestro.
Relato de algunos encuentros con G. I. Gurdjieff Por Sir Paul Dukes Desde la antigüedad nos llegan ceremonias, ritos y oraciones. Sin embargo, a menudo surge el sentimientode que "algo" falta, algo que nos permitiría establecer una relación dinámica con este material, una clave que nos llevaría a ser tocados de nuevo por estas tradiciones de acuerdo a su intención inicial. Lo que sigue es una indicación de lo que es posible. Una noche, bastante tarde, Lev Lvovich me dijo:"Quiero que conozcas a alguien. Ven conmigo". No dio ninguna explicación, aparte de señalar que la persona que íbamos a ver era uno "de aquéllos de los que hay muy pocos en el mundo". También exigió estricta reserva sobre nuestra visita, ya que ese hombre se hallaba "escondido". ¿Por qué? No lo explicó. Se encaminó hacia una casa al final de una pequeña calle no muy lejos de la estación Nikolái. Allí tocó el timbre de una puerta al final de una escalera descubierta que sugería modestas viviendas burguesas. Fuimos conducidos a un apartamento muy sencillo. Lev Lvovich saludó a la mujer que nos recibió, pero no me presentó. Fue derecho hasta el final del pasillo y abrió una puerta. El hueco de la puerta parecía haber sido perforado a través de la pared del apartamento contiguo que era más amplio y suntuoso.Había un marcado toque oriental en la decoración. Las paredes del pasillo estaban adornadas con tapices; lámparas de hierro forjado con cristales coloreados colgaban del techo. Moviéndose como si estuviera en su casa, Lev Lvovich se asomó a una de las habitaciones yluego me indicó que lo siguiera. La habitación, bastante grande, estaba cubierta de cortinas y otras colgaduras, con lámparas que hacían juego. En un rincón había un diván grande y bajo repleto de cojines multicolores. En éste, dos hombres estaban sentados con las piernas cruzadas, jugando ajedrez con piezas de lujosa hechura. En una mesa octogonal a su lado, había café y tazas. De cuando encuando los jugadores alargaban las manos para beber un sorbo. Juzgando por las apariencias, ninguno de los dos era europeo. Uno, que lucía una bata de seda estampada y un turbante, era macizo, moreno, con una barba corta, espesa y negra. El otro, vestido con un traje ancho y bufanda en lugar de corbata, tenía la piel bronceada y curtida, los pómulos prominentes, los ojos sesgados y una pequeña barba de perilla.
Salvo por una leve inclinación de cabeza, ninguno de los dos prestó la menor atención a nuestra entrada. Continuaron su juego, intercambiando palabras en una lengua que yo no comprendía."¿Café?", preguntó Lev Lvovich, señalándome un taburete. Sirvió el café y se puso a mirar el juego. La partida terminó muy pronto, en medio de una discusión presumiblemente sobre cómo el perdedor debió jugar en el momento crítico. Aparentemente había ganado el hombre del turbante. Volteó la cara y al verme, dijo, como si yo hubiese estado allí toda la noche: "¿Juega?" hablaba ruso con un marcado acento."No muy bien", conteste, "pero me gusta". En respuesta hizo un gesto invitándome a ocupar el puesto del contrincante anterior, quien se puso de pie para cederme su lugar, y comenzó a charlar animadamente con Lev Lvovich."Quítese los zapatos, si desea estar más cómodo", dijo mi anfitrión. Así lo hice, avergonzándome al descubrir que tenía un agujero en uno de mis calcetines. Traté de ocultarlo cuando crucé la pierna, pero para mi bochorno, él yase había dado cuenta y, sonriendo, dijo: "¿Es partidario de la ventilación? Muy bien… -¡nada como el aire fresco!... ¿Blancas o negras?"- y extendió ambos puños cerrados con los dos peones. Cuando escogí el blanco me di cuenta de que la otra mano también contenía uno blanco. Ahora, sentado frente a él podía ver que sus ojos oscuros, cuyo resplandor me atravesaba, eran a la vez compasivos y de un humor chispeante. Yo estaba agitado, pero de ninguna manera me sentía calificado para ser su contrincante. Me ganó fácilmente."Nichevo –no importa", dijo. "Espero que tenga muchas ocasiones de tomar la revancha". Hizo una leve inclinación de cabeza, abriendo sus manos para indicar que sería recibido.Luego, una larga conversación tuvo lugar entre los tres hombres. Por sus ademanes deduje que Lev Lvovich contaba a los otros dos mis experimentos en curación mediante la oración del Padre Nuestro. Durante elúltimo verano visite a menudo una pequeña aldea cercana a la residencia de un rico terrateniente a cuyos hijos daba clases. Un día, uno de los ancianos de la aldea me rogó que ayudara a su esposa, quien se mantenía en cama con fiebre muy alta desde hacía ya tres semanas. Me sentí totalmente impotente porque ninguno de nosotros tenía dinero para un médico. Finalmente, accediendo a sus súplicas, lo acompañé a su casa. De pie, ante la mujer enferma de gravedad, lo único que se me ocurrió fue rezar en voz alta por su recuperación –recitando el Padre Nuestro, una y otra vez, en inglés, una de las pocas oraciones que recordaba. Sorpresa y turbación me sobrevinieron al notar que la fiebre se aplacó inexplicablemente. Las noticias se esparcieron por toda la aldea, y los lugareños comenzaron a implorarme que rezase de esta manera cada vez que uno de ellos se enfermara. ¿Qué sucedía? Mis "pacientes" mejoraban. Estaba aterrado y curioso por estas misteriosas "curaciones". Por supuesto me alegraba que mis esfuerzos ayudaran a los aldeanos, pero fue un alivio cuando el verano, finalmente, llegó a su término conjuntamente con mi papel de "sanador". Al rato, Lev Lvovich se dirigió a mi y me pidió quedijera, para mi anfitrión, las palabras del Padre Nuestro de la forma como yo las había recitado a mis pacientes. Así lo hice, más bien cohibido."¿Es usted inglés?", preguntó mi anfitrión, en inglés."Si"."Por favor, diga su Padre Nuestro de nuevo". Hablaba el inglés mejor que el ruso, casi correctamente y con menos acento. Repetí el "encantamiento"."Muy, pero muy in-te-re-san-te," dijo, observándome con tanta atención que me vi obligado a desviar la mirada. Advertí que Lev me observaba cuando sedisponía a jugar una partida de ajedrez con el hombre de los ojos sesgados. Me hizo una señal con la cabeza, con una mirada que daba la impresión que debiera prestar una especial atención a todo lo que dijera nuestro huésped. Continuamos hablando en inglés, y la conversación –que tengo razones suficientes para recordar- de desarrolló de la manera siguiente. La reconstruyo de la mejormanera posible guiándome por los apuntes tomados enaquel momento."¿Quién le enseño a rezar así el Padre Nuestro?"" Nadie. Sólo se me ocurrió hacerlo así"."Diga la oración completa, de la misma forma". Así lo hice, balbuceando una o dos veces."¡Usted la interrumpió! Dijo las primeras frases sin detenerse, pero entonces tomó aire. Eso es incorrecto. Esta es la manera como el Padre Nuestro debería decirse. Escuche y observe". Puso sus manos sobre las piernas, fijó la mirada en mí, y comenzó a respirar lenta y profundamente, reteniendo el aire unos momentos, sin moverse. Había mucha tranquilidad en la habitación. Lev Lvovich y el otro hombre estaban absortos en su juego. Parecían pertenecer a otro mundo. Yo sentía que estaba entrando en uno nuevo. Una nota musical grave, baja y plena como un sol por debajo del do central comenzó a sonar en el lugar, un sonido puro y seco, asordinado por las telas. Mi anfitrión había comenzado a cantar el Padre Nuestro. Las palabras surgían lenta y suavemente, las sílabas brotaban en forma equidistante y pareja, en el fluir de la nota. Las consonantes, apenas sonaban lo suficiente para articular las palabras. De principio a fin no había interrupción, ni vacilación, ni descanso para respirar, ni variación en el tono; era un sonido único, integral y retenido, que le impartía a la oración un significado más profundo que las propias palabras. El "amén" –pronunciado, por supuesto,"aaa-meen"- se alargaba hasta lo inaudible de una manera tal que fundía la nota musical que se apagaba, con el silencio que le seguía. Cantado lentamente, de un solo aliento, parecía durar un tiempo muy largo. Embelesado, me senté lleno de expectativas. El sonidode la nota cantada tenía un efecto penetrante y singular. Me sentía como si aquello hubiera entrado en mí. Poco después dijo: "se da cuenta, aunque las palabras tengan un significado profundo, esto no es lo más importante. Incluso hay dudas de que las palabras nos hayan sido transmitidas correctamente. Las versiones difieren y se introducen matices en la traducción. Lo más importante del Padre Nuestro es quenos proporciona una medida conveniente de un solo y entrenado aliento". Me encontraba perplejo. "¿Qué tiene que ver el aliento con esto?"Su respuesta fue larga. Sólo puedo transmitir a medias lo que me dijo. El Padre Nuestro, decía siempre refiriéndose a él como a "su Oración de nuestro Señor", era originalmente "un ejercicio devocional de respiración para ser cantado de un solo aliento llano". Esto mismo se aplicaba a otras oraciones antiguas compuestas en Oriente en un pasado lejano. Beneficios sutiles de gran valor, decía, se derivan de las vibraciones producidas por la entonación correcta, mentalmente polarizada por las palabras de las oraciones. Para entonarlas de la manera como estaban destinadas a serlo, debe prestarse igual atención a los tres elementos: el aliento, el sonido y las palabras. En la religión moderna de Occidente, que ha degenerado en un formalismo institucional sin remedio, se toman las palabras por los hechos. "He estado en muchas iglesias de Inglaterra y Norteamérica", dijo mi anfitrión misterioso, " y siempre escuché a la congregación mascullar el Padre Nuestro, todo corrido, en un gruñido confuso, como si el meromurmullo repetido de la fórmula fuese lo requerido.¿Ha leído usted sus Escrituras?"Le conté que me habían hecho tragar la Biblia cuando niño y, por consiguiente, hubo momentos en que estuve a punto de odiarla. "Es mejor odiar algo, que serle indiferente", replicó."Eso significa que puede llegar a quererlo cuando lo comprenda correctamente"."Mi padre fue clérigo", expliqué."¡Oh! Tuvo un mal comienzo. Uno no espera que los sacerdotes comprendan la Biblia. Ellos se aferran al texto. Usted notará que aunque Jesús abiertamente dictó las palabras de su oración modelo, cuando quiso mostrar cómo debían pronunciarse –la parte más importante del ejercicio-, llevó a unos pocos discípulos elegidos a un sitio apartado y les dio instrucciones especiales. Eso nunca se dijo, no quedó registrado"."¿Por qué no?""No puede ser registrado. Es un asunto individual. No importa lo semejantes que podamos ser en las apariencias, todos estamos construidos más o menos diferentes unos de otros. Tiene mucho que ver con la manera como un hombre respira, y no hay dos personas que lo hagan exactamente de la misma manera. Se tenía que enseñar a respirar a cada uno de los discípulos, y luego a encontrar la nota y el tono correspondiente a sí mismo con lo cual la entonación logra el mejor efecto"."Pero, ¿acaso la naturaleza no nos enseña a respirar?"repliqué. Respondió que la naturaleza, por supuesto, nos obligaa respirar; vivimos por la respiración, pero habitualmente desempeñamos dicha función de un manera limitada, sin estudiarla, sólo lo suficiente como paramantener unidos el cuerpo y el alma. Inclusive los cantantes y los atletas solamente estudian la respiración adaptada a su actividad particular."También nos ponemos en cuatro patas y gateamos, hacemos ruidos, y realizamos muchos actos sininstrucción especial, pero para caminar, hablar ycantar necesitamos aprender. Sin embargo, nadie piensa que es necesario enseñar a los niños a respirar –es decir, nadie, aparte de ciertos círculos reducidos. Se vincula una técnica a cada cosa antes de poder hacerse con mejor provecho, y esto es especialmente cierto en relación al aliento de la vida, aunque muy poca gente se de cuenta". Insistí en que la respiración era una función tan natural como la digestión, o la circulación de la sangre, y mientras más permitamos que estas cosas funciones por sí solas, mucho mejor. "Además", dije,"la oración no es una cuestión física, es espiritual"."¿Dónde está la frontera?" replicó."Si la oración no tiene que ver con las funciones físicas, ¿Por qué todas las grandes religiones, incluyendo aquellas que se fundamentan en su Biblia, insisten en asociar la oración con el ayuno?". Me sentí perplejo ante ese comentario."Así que la oración en su más alto nivel pareciera después de todo tener algo que ver con la digestión, e incluso con la calidad y la circulación de la sangre". Este pensamiento revolucionario necesitaba ser digerido. Cambié de tema."¿Por qué es necesario que la oración sea entonada?¿Por qué no se puede simplemente recitar?"Por toda respuesta él descubrió su poderoso pecho y, tomando mi mano, dijo: "Ponga su dedo aquí". Coloqué la punta de los dedos, como él me indicaba, en la base de su pecho. Tomó una bocanada de aire profundamente y comenzó a entonar aproximadamente la misma nota de antes. Podía sentir su torso entero vibrando, y la vibración me era transmitida como una suave corriente eléctrica. Retiré mis dedos, y después de un breve intervalo, dije: "Usted no articuló palabras, cantó un solo sonido, `O', y luego continuó con una `M'"."Nada se le escapa", se rió entre dientes, animándome."Este es un ejercicio con el cual se puede empezar.¿Le gustaría tratar? Cante la palabra home" .Deslicé la punta de los dedos dentro de mi camisa, colocándolas justo en el esternón, y empecé a cantar, pero, ¡qué diferente había sido el efecto cuando lo hice con él! Sólo podía sentir una vibración débil, al mismo tiempo que mi entonación sonaba como un gruñido quebrado."No importa", dijo amablemente. "Le enseñaré como practicar, y al cabo de pocos años si usted se aplica,obtendrá resultados"."¿Años?" exclamé desanimado."Bueno, ¿cuántos años toma adquirir pericia en música? La oración es un arte al igual que la música, lapintura, la actuación o la escultura y, cuando menos, posee el mismo grado de dificultad. Algunos tardan toda una vida en aprender"."¡Toda una vida! ¿De qué sirve aprender al final deuna vida?!""Joven", me dijo con seriedad, "mucho de lo que le digo ahora sólo lo podrá comprender a cabalidad más adelante. Recuerde esto, rezar es un arte, y en el arte no hay una meta final. Siempre se puede ir más allá. Es un viaje de descubrimiento infinito y, como sucede en tales viajes, lo que se adquiere en la marcha a menudo es tan valioso como lo que se encuentra al final del camino". Los dos hombres que jugaban ajedrez al fondo de la habitación habían concluido su juego. Lev lvovich se acercó y le dijo algo a mi anfitrión, quien sacudió la cabeza y contestó secamente, como si deseara seguir hablando conmigo. Lev regresó con su compañero ycomenzó otra partida."Por favor, diga el Padre Nuestro otra vez", le rogué.Una vez más mi anfitrión juntó sus manos, se preparó,tomó aliento lenta y profundamente. Y de nuevo la notaprofunda se esparció, llevando las palabras familiaresen su recorrido como una marea que lleva a los barcoslentamente a puerto."¿Puedo intentarlo?" me atreví a preguntar."Por supuesto. Usted debe aprender".Pero de nuevo, mi voz, en comparación con la suyasonaba débil y áspera, el tono vacilante y quebrado.Tratando de pronunciar las palabras tan lentamentecomo lo había hecho él, jadeaba cuando apenas iba porla mitad."No importa", dijo de nuevo. "Regrese otra noche y leenseñaré cómo empezar"."¿Tengo también que ayunar?", pregunté.Me miró por un momento, y estalló en una carcajada."Si, claro. Pero ¡no ahora!"Dio una palmada y entró un criado, le dio una orden, yel criado regresó con una bandeja surtida de zakuski ybebidas. Mi anfitrión llenó dos copas. "Pruebe mifórmula" dijo, "mucho mejor que el whisky. ¡Brindo pornosotros!"Vació su copa al estilo ruso, y para no quedarmeatrás, yo hice lo mismo. Menos mal que yo teníapráctica –el brebaje era potente. Apuntando con elpulgar a Lev Lvovich y su compañero, dijo: "Esos dosvejestorios se han quedado atascados en su juego.Vamos a tomarnos otro".Después de una segunda copa llamó a los dos hombres,quienes interrumpieron su juego para reunirse connosotros. La conversación, inevitablemente, nosapartó, pues el hombre de los ojos sesgados hablabamuy poco ruso y nada de inglés, de manera que yo nopude hablar con él, y así, los tres conversaron entreellos en su propia lengua. Lev me hablaba en ruso,mientras mi anfitrión prefería el inglés. Cuentossubidos de tono formaban parte de la conversación. Mianfitrión me traducía con gusto algunos de ellos. Mesabía uno o dos, que él también tradujo con granbeneplácito.Después de la cena, Lev Lvovich y su compañeroreanudaron la partida, y mi anfitrión dijo: "Lecantaré algunas canciones orientales". Dio una palmaday el criado le trajo una especie de guitarra con laque tocó quejumbrosas tonadas orientales, a vecestarareando, otras cantando suavemente con un exquisitotimbre de barítono."¿En que idioma está usted cantando?", pregunté."En la lengua de los páramos rocosos de los montesinaccesibles", dijo.Al cabo de un rato los otros finalizaban la partida, ydespués de varios tragos más Lev dijo que era hora deirse."¿Volverá?" dijo mi anfitrión."Me gustaría muchísimo"."Lev Lvovich lo traerá", dijo, y se levantó del divánpara acompañarnos hasta la puerta. Entonces noté queera de contextura robusta y de mediana estatura.Al despedirnos, su apretón de manos fue cálido yfuerte. Salimos como entramos, atravesando la puertaque daba al primer apartamento y posteriormente a laangosta callejuela por donde llegamos. La ciudaddormía. Nuestras pisadas se amortiguaban sobre unadelgada capa de nieve. Pequeños copos caían ensilencio centelleando bajo el resplandor de losfaroles."¿Entonces?", preguntó Lev, "¿Qué te pareció elPríncipe?""¿El Príncipe?""Nosotros lo llamamos el Príncipe"."¿Qué Príncipe? ¿Acaso es un príncipe?"Lev Lvovich vaciló. "Llámalo Príncipe Ozay", dijo él."Pero su nombre no importa. ¿Qué te pareció?"No podía encontrar palabras para expresar lo quesentía, y atiborré a Lev de preguntas sobre él. Sinembargo, no agregó nada –sólo dijo que volveríamospróximamente.Regresamos varias veces. Al principio estaba tanintrigado por la verdadera identidad del "PríncipeOzay" como por sus palabras y acciones –curiosidadnatural de la juventud. ¿Quién era él? ¿Por qué tantomisterio? Todavía no lograba librarme de lasinhibiciones de una sociedad escéptica que exigerequisitos convencionales como garantía de autoridad.Pero había visto en Lev Lvovich que tales requisitosle importaban muy poco. Desde entonces he podidoobservar que frecuentemente conducen a conclusioneserróneas. Hay abundancia de tontos con títulosacadémicos. Tenía razones para pensar que mi extrañoanfitrión era, al menos nominalmente, musulmán aparsi. Siempre habló de la Biblia como "sus"Escrituras, pero fuese él turco, tártaro, teutón otibetano; fuese su profesión la de calderero, sastre,soldado, marinero o vagabundo; fuese su reclusiónvoluntaria, forzada, o el resultado de motivospolíticos, sociales, comerciales o religiosos -¿Quéimportancia tendría todo esto, mientras yo pudierarecoger algo que necesitara y que él a su vez estabadeseoso de compartir? Él era un hombre bastante sabio,que había viajado mucho, con su conocimiento profundode las religiones comparadas y de la filosofía –nosólo de la universitaria, sino de la filosofía de lavida- de las que hablaba en términos tan pococonvencionales que sería difícil transmitirlas, tansalpicadas como estaban de comentarios incesantessobre eventos y anécdotas de todo tipo.Me fue difícil registrar más de una fracción de lo queél decía. En cuanto a su profesión formal, por lo quese veía, bien podía ser un mercader o un cacique dealguna tribu rebelde, o un periodista, o (como por unmomento llegué a sospechar) un visitante de la capitalrusa en alguna misión religiosa. Nunca lo averigüé, ycomo no era asunto mío, no permití que me siguieramolestando demasiado. Lev Lvovich siempre se refirió aél con el más profundo respeto. Me acompañó en todaslas visitas. Fuimos recibidos siempre de la mismaforma misteriosa, entrando por el apartamento trasero,y permanecíamos allí hasta las tres de la madrugada.El hombre de los ojos sesgados y de la barba deperilla era la única otra persona que estaba allí,exceptuando el criado, un mulato, que traía la comida y las bebidas.El Príncipe Ozay amaba la música y se interesó en míno sólo por mis experimentos de curación sino tambiénpor venir de tan lejos, de Inglaterra, a estudiar enel Conservatorio Ruso. Era el aspecto musical de loque planteaba –cantar de un solo aliento- lo que másme cautivó, pero muy pronto descubrí que esto sevinculaba inextricablemente con el resto –la física,la medicina, la filosofía. Pero él no era siempre fácil de descifrar.Como norma era provocativamente evasivo, hasta que yoemitiera algún comentario inusual o desafiante.Por ejemplo. Véanme una vez más sentado con laspiernas cruzadas frente a él –un chela a los pies desu guru, imagino que algunos prefieren esto a laspalabras "alumnos" y "maestro" que no dan la talla (deesos hay muchos). Mi guru es con certeza divino –enel mejor sentido, lo que significa enteramente humano-y su primera pregunta no es sobre el alma del chelasino sobre sus calcetines. Pero esta vez vinepreparado –tengo calcetines nuevos. "¿No hay agujeros de ventilación? ¡Qué lástima!Esto me recuerda al hombre que…"y así pasa de unaanécdota a otra. Trato de decir algo sobre los temasque tanto me interesan –pero él prefiere jugarajedrez. Más tarde lo vuelvo a intentar –pero insisteen probar una nueva bebida que ha creado, más fuerteque la que ingerimos en la primera visita.A eso de las dos de la madrugada murmuro: "Discúlpeme,Príncipe, pero…." Sin ningún resultado. Llegan más bebidas. Peroa mi no me hacen trampas. Espero la ocasión y digoabruptamente con la boca media llena: "Príncipe, si elPadre Nuestro está ligado al ayuno, por qué dice,`Danos hoy –nuestro pan de cada día'?"Ese era el tipo de comentario que él estaba esperando."Usted se equivoca. No es con el Padre Nuestro queestá ligado el ayuno, sino con el descubrimiento de lanota en la cual tales oraciones deben ser cantadas.Sin ayunar no se puede descubrir el Nombre"."¿Qué nombre?""Bueno, cuando usted dice `santificado sea tu Nombre',¿qué quiere decir?"Tuve que confesar que nunca me había detenido a pensaren esto."En su Iglesia nadie piensa en esto. Eluden lapregunta la pregunta diciendo que es el nombre de`Dios' y hasta ahí llegan. Sin embargo, la clave estáes sus Escrituras: `En el principio era el Nombre y elNombre estaba con Dios y el Nombre era Dios"."En el principio era la Palabra, no el Nombre",corregí."Logos, si quiere discutir", replicó."De hecho, cuando aún no existía ningún lenguaje nopodían existir palabras ni tampoco nombres en elsentido ordinario"."Entonces, ¿qué era el logos?""Un sonido. El primer sonido. El sonido más profundo.Lo que podría llamarse la nota tónica del mundo"."¿Un sonido que podemos escuchar?""Sentir. No oír en el sentido ordinario. El sonido máspenetrante es inaudible, de la misma manera que la luzmás penetrante es invisible. Pero medianteentrenamiento uno puede producir un eco audible delsonido porque cada octava es una réplica a un niveldiferente de cualquier otra octava, como todo el mundosabe. La función de la oración no es rogar o alabar,sino afinar"."¿Afinar qué?""El cuerpo. O el alma, si usted prefiere esametáfora". (A menudo usaba esta expresión, "cuerpo –oalma si usted prefiere la metáfora"). "Usted es uninstrumento musical al igual que un piano, y necesitamantenerse afinado. Es ahí donde intervienen el ayunoy otros ejercicios; usted es incapaz de recibir ydevolver vibraciones finas cuando su cuerpo –o alma,si lo prefiere- está sobrecargado de alimentosresonando en el estómago, o mientras la sangre retumbaen las venas y en las arterias"."¿La sangre? ¿Retumbando?""Como una cascada. No se puede oír cuando se estásiempre escuchando hacia fuera. Uno tiene que escucharhacia adentro –y eso, de por sí, es un arte. Mientrassus principales vías de comunicación estén llenas delruido de ese tráfico interior, ¿cómo puede esperar oíralgo?""Entonces, ¿para qué atiborrarse de comida ahora?"Dije esto con un genuino desaliento, poniendo mitenedor y cuchillo sobre la mesa.Mi gesto fue de talfranqueza que logró que él estallara de la risa. Sedetuvo para contarle a Lev Lvovich y al otro hombre loque yo acababa de decir. Lev me miró benévolamentecomo preguntándose si me estaría afectando demasiadoel comportamiento de nuestro anfitrión. No obstante,yo estaba seguro de que lo único que me quedaba porhacer era esperar."¡Escuche, joven! ¿Cuántas asignaturas estudia usteden el Conservatorio?"Las enumeré: piano, armonía, contrapunto,orquestación, dirección orquestal, historia de lamúsica, estética, etc."Sin embargo, ¿no es verdad que, entre todas,conforman un todo?" prosiguió. "Bueno, es exactamentelo mismo con el arte de la oración. El aficionadopiensa que puede hacerlo al igual que un aficionadoque hace música, a través de una especie de`instinto', o siguiendo los dictados de su `alma', oalgún disparate por el estilo, cuando es precisamenteel `alma' la que necesita ser dirigida. El `alma', o sentimiento, como debería serllamado, penetra la música; pero, no obstante, elconocedor sabe que, para ser perfecta, la música másconmovedora requiere una técnica entrenada"."El ayuno es un tributario del arte de la oración",prosiguió, "pero también es un arte en sí mismo y nonecesita ser estudiado de forma sistemática, no demanera fortuita o superficial".La respiración también es un arte, decía, igual que elsexo. "Nadie –en quien el sexo sea débil o nodesarrollado o desequilibrado o anormal- puede esperarjamás afinarse a la perfección"."¿Y que me dice del celibato?", le pregunté."En ciertas etapas del entrenamiento, el celibatotemporal es tan esencial como el ayuno", replicó,"pero sería estúpido hacer del ascetismo un fin en símismo. El fanático que se convierte en célibepermanente es como el músico que pasa toda su vidahaciendo un mismo ejercicio"."Dios", tomé nota de lo que decía en otra oportunidad,"no se alcanza por medio de la actividad, sino másbien a través del cese de toda actividad. El cese,hasta el mayor límite posible, de dieta, respiración ysexo. Estos son los tres pilares sobre los que seedifica la oración. Cada uno tiene que ser entrenado ydisciplinado por la restricción –no existe otra manerade hacerlo pues todos son caballos desbocados. Sólocuando el terreno está limpio se puede comenzar unaverdadera construcción. Solamente desde allí se puede actuar concientemente. Decir que la oración es`mental' o `espiritual' sería eludir el asunto. Laoración es fisiológica. Sus Escrituras mismas lo dan aentender, pero el formalismo le ha tapado los oídos ala mayoría de sus sacerdotes para que no comprendan, yla vista también, para que no perciban".Mucho de lo que él dijo estaba muy por encima de mientendimiento en aquel momento y solo llegue acomprenderlo después. Él debe haber notado laexpresión de desaliento que a veces me invadía, ya querepitió más de una vez: "Joven, recuerde lo que ledije acerca de que éste es un viaje dedescubrimientos. Hay tanto por aprender a lo largo delcamino como al final, y unos cuantos pasos son mejoresque ninguno, aunque tropiece".Las interpretaciones del Príncipe Ozay me abrieronperspectivas inesperadas e ilimitables. Lo másimportante para mi entonces era que el Evangeliobíblico debía estudiarse de una manera absolutamentediferente de la que me había sido inculcada durante lainfancia. Tenía un significado que sólo mediante unabúsqueda diligente podía descubrirse; para atesorarlo,porque la clave de su aplicación se basaba en las cosas simples prácticas dela vida cotidiana, empezando antes que nada con elentrenamiento del cuerpo físico, hasta convertirlo entemplo apropiado para el espíritu. Visto no solamente como un libro abierto sino comoalgo para lo cual era necesario encontrar una clave,el Evangelio se convertía así en algo intensamentepersonal, libre de cualquier tipo de dogma: un mensajeviviente, con la oración del Padre Nuestro comoemblema y las parábolas como ejemplo. "Busca yencontrarás", sonaba como una clarinada penetrantesalida de las profundidades, un reto al esfuerzo y laaventura, un llamado para hacer y arriesgar, en primerlugar con uno mismo.El Príncipe Ozay me animaba a ensayar la composiciónde mis propias oraciones de un solo aliento comoejercicios, tomando al Padre Nuestro como medida deduración, para ser cantado de la misma manera, en lanota adecuada más profunda, cada vez de un solo yfirme aliento. Compuse un cierto número de talesoraciones, de las cuales la que sigue, con la que élestuvo muy complacido, fue la primera:"Señor de la Vida, cuyo poder omnipotente habita hastaen la más ínfima célula de este cuerpo, manifiesta Tugloria aquí dentro, hasta la perfección plena. Permiteque esas fuerzas radiantes que llenan Tu universo mepurifiquen y me eleven, y que a través de laobservación gozosa de Tus leyes pueda adquirir lafuerza divina y la salud, y de esta manera consagrarmea Tu servicio por el resto de mis días".El canto de las oraciones en esta manera especial,decía Ozay, era practicada en la Iglesia Cristianaprimigenia, que la había heredado de los antiguosegipcios, de los caldeos, de los brahmines y de otrastradiciones del Oriente, donde se le conocen como laciencia del Mantra. Este aspecto esotérico delCristianismo se había perdido en la Iglesia occidentaldesde hace siglos. La estandarización de credos ydogmas tendió a extinguirlo, y el uso de órganos enlas Iglesias precipito la declinación del cantomántrico. Una reminiscencia, prueba de que existió enla antigüedad, perdura en la costumbre de entonaroraciones en una sola nota. Pero el arte de larespiración que lo controlaba apropiadamente se haperdido por completo. No queda más que un desalentadoy deprimente zumbido monótono que hace de cada oraciónun lamento. La mayoría de los sacerdotes oficiantescontemporáneos de las Iglesias Anglicanas o Católicasse sorprenderían mucho –por no decir que sufrirían unchoque- si se les dijera que sus prácticas son unacrasa degradación de lo que una vez tuvo la intenciónde ser un ejercicio físico devocional de gran valor espiritual, diseñado paraentrenar el aliento de vida por medio del cualvivimos, y ser ejecutado con esta intención en ciertasposiciones del cuerpo claramente definidas, muydiferentes de la actitud tensa, contraída, que es lacostumbre adulterada de hoy. Una presencia mayor delarte mántrico prevaleció dentro de la Iglesia OrtodoxaGriega, especialmente en su vertiente rusa, comoresultado de su devoción por la canción pura, sin interferencia instrumental alguna. La Iglesia Ortodoxanunca consintió que su canto fuera estropeado odegradado con la "ayuda" del órgano, y enconsecuencia, no permitió que entrara en las iglesias.Pero la Iglesia Ortodoxa propiamente dicha seenvileció con su asociación política y su servilismoal poder secular, y el conocimiento que alguna vezconservó detrás de su fachada dogmática se perdió engran parte. En efecto, a sus popes todavía se lesentrena como cantores, lo que incluye tanto lavocalización como el control de la respiración;desapareció hace ya mucho tiempo la concepciónprimigenia de la conexión esencial e inseparable entrelo espiritual y lo psicológico.No obstante, el Príncipe Ozay me dijo una noche cuandose tocaba este tema: "¿Le gustaría escuchar un eco delsonido del que le he estado hablando?"En realidad no había nada que yo deseara más."Entonces, vaya a los oficios de la abadía de AlexandrNevsky esta semana", dijo, "y ponga particularatención en todo lo que escuche".Era el comienzo de la Semana Santa y los grandesoficios previos a la Pascua se celebraban diariamenteen todas las iglesias de la región. Dejé todo a unlado para asistir a la Abadía la mañana siguiente muytemprano.El amplio interior de la Abadía está oscuro. Sólo unaspocas velas centellean aquí y allá ante los iconosenmarcados en bronce con sus caras pintadas de oscurostonos que atisban misteriosamente por detrás de sumoldura de metal adornado. En la lejanía se oye flotarun canto monótono que parece surgir de la partetrasera del gran iconostasio. Los feligreses comienzana congregarse, hacen reverencias, se persignan alentrar y prenden velas al pie de los iconos de su predilección. También se encienden ciriosfrente al iconostasio y en el atril dorado que seubica sobre el estrado, en la nave de la iglesia. Elcanto distante que se alarga, quejumbroso, se prolongasin cesar, destruyendo todo sentido de tiempo ymaterialidad.Ahora la iglesia se llena, feligreses de pie oarrodillados, solos o en pequeños grupos. El cantollega a su término. El oficio está a punto decomenzar. Se da una pausa, y de pronto el coro estallaen una canción magnífica, angelical. La abadía deAlexandr Nevski era famosa por la belleza superlativade sus cánticos, incluso entre una constelación decatedrales. Mientras los acordes divinos resuenan porla Abadía, las grandes puertas del iconostasio seabren de par en par y el archimandrita junto conalgunos popes asistentes, mitrados y engalanados contúnicas suntuosas, se adelantan, trayendo incensariospara sahumar a la congregación. La música, el color,el perfume -¡fueron verdaderamente sabios, quienes,por su condición artística, idearon este trasfondosensible al ejercicio religioso!El elaborado oficiosigue su curso. El tono bajo, fuerte y profundo de unpope tras otro arrastra las invocaciones; el coro haceresonar las respuestas. Finalmente llega el momento deleer las Escrituras. Un pope joven –es difícil estimarse edad a través de sus abundantes bucles y espesabarba, aunque pareciera estar rondando los treinta- sesube al estrado y ocupa su sitio en el atril. El restode los oficiantes se ubican a los lados. El escenarioes impresionante. Una quietud momentánea se asienta enel lugar. El joven pope se acomoda la sotana, hace unagenuflexión frente al altar, se persigna y se preparapara leer. ¿Para "leer"?El primer indicio de que lee es la reverberación, enmedio de la inmensidad silenciosa de la iglesia, de unsonido –bajo, parejo, extendido. Con cada aliento quese prolonga canta una sola frase, muy lentamente,articulando todas las sílabas en forma pareja. Es unfuerte barítono, muy parecido en el tono a las vocesde sus colegas, pero más pulido, más vibrante.Comienza con una nota como una octava por debajo deldo central, subiendo un semitono en cada frase,aumentando al mismo tiempo el volumen. Cuando llega ala dominante, su voz resuena vigorosamente entre las bóvedas y losarcos. Cuando, al concluir, en la octava, alcanza elclímax de la "lectura", la nota es como su carta detriunfo final –exultante, majestuosa, triunfante,sobrecogedora.Al principio fui tocado únicamente por la riqueza deuna voz que pudo haber cosechado fama mundial para sudueño si éste hubiese querido explotarla en elescenario de la ópera. El hecho en sí, sin embargo, noera nada excepcional en la Iglesia Rusa. Chaliapin nofue el único gran cantante ruso que se inició en uncoro de pueblo. Ni tampoco fue inusual su manera deleer. Era la práctica establecida; en aquel momento las Escrituras se leíande la misma manera en todas las iglesias del país. Noobstante, la voz de este joven pope era diferente dela de todos los demás. Cuando se acercaba al mi bemolse notaba cómo algo extraordinario sucedía con su voz.Parecía estar "dirigiéndola" de una cierta forma (esaes la única expresión que puedo encontrar paradescribirlo). Se había asido con fuerza al facistol,había erguido el tronco, alzado levemente la cabeza yparecía estar proyectando los sonidos hacia algúnpunto localizado en los vastos espacios de lo alto. Noescuche el efecto, lo sentí, -agudamente, casi como undolor, análogo al dolor que se siente en la vista aldesplazarla abruptamente de la oscuridad a la luzbrillante. Obtenía ese extraño efecto sólo con ciertasvocales, y con éstas yo sentía el sonido como siestuviera produciéndose dentro de mi propia cabeza y en todo micuerpo. Yo parecía estar identificado con eso, y suefecto era lograr que todo a mí alrededor semanifestara como si estuviese nadando y, por unmomento, se convirtiera en algo etéreo e irreal. Tuvemiedo de tambalearme y caer, por lo que fue necesariorestablecerme a la fuerza. Fue una experienciadesconcertante.Cuando el joven pope alcanzó su exultante nota final,la sensación de ser arrastrado se me hizo poco menosque intolerable, aunque no hubiera hecho nada pordetenerla o evadirla. Pero experimenté un sentimientocasi de alivio cuando el coro rompió a cantar denuevo. Pronto volví a mis cabales y miré a míalrededor para observar si otros habían sido afectadosal igual que yo. Si alguien más había "sentido" losmismos acordes que yo, no sabría decirlo, pero lo que no admitía ninguna duda era que toda lacongregación había sido poderosamente impresionada. Lamayoría estaba de rodillas, llorando.El joven pope bajo del estrado y la ceremonia siguiósu curso. Me alejé con la certeza de que había oído loque el Príncipe Ozay deseaba que oyera, y yo ansiabaconservar un recuerdo vivo de ello.Asistí dos o tresveces más durante la semana y tuve la mismaexperiencia, siempre misteriosa, aunque cada vez menosdesconcertante por estar ya la expectativa.Le conté primero a Lev Lvovich."Debes contárselo al Príncipe", me dijo.El mero hecho de que el Príncipe Ozay supiera del popeestablecía en mi mente una conexión inevitable entreambos."¿Será ese joven pope un alumno del Príncipe?", lepregunté a Lev con curiosidad, pero no fui alentado ahusmear en lo no me incumbía.Me llevó a ver al Príncipe Ozay, y una de las primeraspreguntas que le hice se refería a si otros en lacongregación podrían haber tenido una experienciasemejante a la mía. Me respondió que esto eraimprobable, aunque cualquiera persona sensible podíaser impactada por la calidad excepcional de la voz."Debería tomar su experiencia como una señalalentadora", dijo. "Esto significa que aún partiendode unos pocos ejercicios, su cuerpo –o alma, si loprefiere- ha comenzado a ser receptivo al Nombre, o ala Palabra, si lo prefiere. Dentro de unos años, siusted persiste, notará los resultados"."Sin embargo", repliqué con obstinación, "no puedodecir que fue precisamente agradable, especialmente laprimera vez"."Joven", respondió con severidad, "¿condena usted alsol porque lo ciega cuando lo mira, o al fuego porquelo quema cuando lo toca, o a sus músculos porque leduelen después de un esfuerzo? La verdad siempre debeser revelada en pequeñas dosis muy diluidas. Y elsonido también tiene que ser racionado, especialmenteel Nombre que está por encima de todo Nombre, como loexpresan las Escrituras suyas. Por eso es que elNombre debe ser santificado. Una sobredosis fácilmentepodría causar su muerte de no estar lo suficientementeentrenado"."¿Podía, por esto, haberme muerto en la catedral?",pregunté aterrado."Si, si esto hubiera estado más concentrado, al igualque una cuerda de violín estalla al ser pulsada condemasiada fuerza o que notas musicales de una ciertacalidad pueden quebrar objetos sólidos a distancia".Comencé a pensar que me había librado de un aprieto.Micara debió haberme traicionado porque vi como cambiabasu expresión."Joven", dijo, reprochándome suavemente, "podría darlemuerte en un instante, aquí sentado, sin necesidad deque ninguno de los dos movamos ni un músculo".Lo miré con estupor, incrédulo por un momento. Perohabía algo en su tono y actitud que implicaba unaconvicción. Permanecí sentado, avergonzado,profundamente desconcertado."¿Le tiene usted miedo al riesgo?", me dijo una vezmás con gentileza, aunque todavía con algo dereproche. "Comprenda esto claramente. Ningún hombrepuede adquirir un conocimiento de esta naturaleza sinriesgo de morir. Dios, mal aplicado, es el Diablo.Sólo hay una fuerza en la Creación. El bien y el maldependen exclusivamente de su aplicación".El Padre NuestroPadre nuestro, que estás en los cielos,santificado sea tu Nombre,venga tu Reino,hágase tu Voluntadasí en la tierra como en el cielo.Danos hoynuestro pan de cada día;y perdónanos nuestras ofensas,así como nosotros perdonamosa quienes nos ofenden;y no nos dejes caer en tentación,más líbranos del mal.Porque tuyo es el reino,el podery la gloriapor los siglos. Amén.¿Quién es el Príncipe Ozay?Según recuerdos y memorias de los alumnos deGurdjieff, el maestro de la oración, el Príncipe Ozay,fue de hecho Gueorgui Ivánovich Gurdjieff (1866_1949), un maestro espiritual cuyo período activo en laRusia de 1914 coincide con la época en que sucedieronestos acontecimientos.Nacido en Alexandropol, en lafrontera ruso – turca, el joven Gurdjieff fue criado yeducado en un ambiente cultural de extraordinariariqueza, una encrucijada de influencias de Oriente yOccidente.Había llegado a Moscú y San Petersburgo después de unalarga odisea a través de monasterios y escuelasesotéricas ocultas del Medio y Lejano Oriente, lohabía guiado su inagotable pregunta: ¿Cuál es elsentido y el propósito de la vida en la Tierra, y enparticular, de la vida humana? Esta búsqueda le aportógradualmente el antiguo conocimiento que más tardetrajo a Occidente.Entre quienes fueron atraídos a su enseñanza seencontraban P. D. Ouspensky, Catherine Mansfield, T.S. Eliot, Frank Lloyd Wright, Jean Toomer, MauriceNicoll, A. R. Orage, y muchos más. Sus ideas y métodosprácticos para la transformación conciente del hombrepulsaron una cuerda sonora en algunos miembros de unageneración desilusionada por las calamidades de laPrimera Guerra Mundial que buscaban un sentido másprofundo para sus vidas aparentemente afortunadas.Gurdjieff introdujo su enseñanza en Norteamérica amediados de los años veinte con charlas públicas ypresentaciones de sus "Movimientos", las danzassagradas que había traído de Oriente. Más queejecuciones fragmentarias o ejercicios calisténicos,los Movimientos son un lenguaje físico mediante elcual se transmite el conocimiento y se transforma encomprensión.El trabajo de Gurdjieff se ha extendido por el mundoen los años posteriores a su muerte, el 28 de octubrede 1949. Gurdjieff se refería a su enseñanza como una"Escuela del Cuarto Camino".Diferenciaba al Cuarto Camino de los tres caminostradicionales de progreso espiritual: el del faquir,el monje y el yogui.El faquir se esfuerza por obtener maestría sobre sucuerpo como vía de acceso hacia la unión con laDivino. El monje intenta, mediante los sentimientos yla devoción, encaminarse hacia la misma meta. Elcamino del yogui hacia la unión, el sendero de lacomprensión, es a través de la mente.Cada uno de estos caminos, aunque efectivos, sonincompletos. En algún momento el adepto debeequilibrar las tres funciones en su totalidad. Estoscaminos tradicionales usualmente exigen que elbuscador se aísle del mundo.El Cuarto Camino trabaja sobre las tres funciones–cuerpo, mente, sentimiento- simultáneamente, parapermitir el desarrollo armónico del hombre.También es característico del Cuarto Camino el hechode que puede seguirse dentro de las condiciones devida ordinaria del buscador.Las ideas de Gurdjieff han ejercido su influencia enmuchos ámbitos: las artes, la ciencia, la educación,la teoría social y la filosofía, a menudo como unacorriente que fluye justo bajo la superficie.Actualmente, existen grupos que trabajan unidos entodo el mundo tratando de comprender las ideas deGurdjieff y de hacer uso de las técnicas para eldesarrollo armónico que conforman su legado.¿Quién es Paul Dukes?Desde su más temprana edad como hijo de unministro-párroco en Inglaterra, Paul Dukes, nacido el10 de febrero de 1889, fue atraído por el misterio. Sumente joven cobraba vida con el deseo de ver y conocerlo que se ocultaba detrás de las apariencias. Suespíritu de aventurero y su propia pasión por laactividad física febril se equilibran y complementancon su profundo sentimiento por la música y un sentidode su poder para vincularnos a un orden superior.En estos años Paul Dukes se interesaba en la teosofía,el espiritismo y el hipnotismo e investigaba fenómenosde curación "espiritual" en el momento que este ensayoes redactado. Paul Dukes tiene el honor de ser elprimer alumno inglés de Gurdjieff. Fue miembro de kaComisión Anglo-Rusa desde 1915 hasta 1918 y sirviócomo oficial de la Inteligencia Británica en Rusia entre 1918 y 1919. A cargo de una comisión itinerantede investigación en la Rusia europea, su dominio delruso, su habilidad para disfrazarse, su audacia y sudisponibilidad para cruzar fronteras e internarse enzonas peligrosas le hicieron vivir numerosas aventurasdurante el servicio a su país.Bajo el seudónimo de Afirenko, portando un pasaporteruso que lo hacía pasar por un agente de la Checa(precursora de la KGB), se infiltró en Leningradodespués de cruzar la frontera finlandesa en elsilencio de la noche. Su suerte era extraordinaria, yhubo veces en que se alistó en el Ejercito Rojo, eincluso en el propio Partido Comunista, para obtenerinformación. Fue gracias a estos servicios, unhistorial de aventuras románticas e intrigas en mediode la Revolución Rusa, que le fue otorgado la orden deCaballero del Imperio Británico a la edad de treintaaños.Sir Paul Dukes fue autor de Read Dust and the Morrow(1922) The Store of Secret Agent ST25 (1938), ambosrecuentos de sus experiencias en Rusia. Tambiénescribió An Epic of the GESTAPO (1940) y The UnendingQuest (1950), una serie de bocetos autobiográficosentre los cuales este ensayo fue publicado por primeravez.En 1922, se casó con Orden Mills, hija de la Sra. W.K. Vanderbilt de Nueva Cork. Se divorciaron en 1929, yen 1959 él se casó con Diana Fitzgewrald. Paul Dukesse radicó en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, donde murióel 27 de agosto de 1967.Obras de G. I. GurdjieffRelatos de Belcebú a su Nieto (Del Todo y De Todo,Primera Serie)Encuentros con Hombres Notables (Del Todo y De Todo,Segunda Serie)La Vida no es real sino cuando "Yo Soy" (Del Todo y DeTodo, Tercera Serie)Perspectivas desde el Mundo RealAlgunas obras de sus alumnosDe Hartmann, Thomas. Nuestra vida con el señorGurdjieff.Fremantle, Christopher. De la Atención.Orage, A. R. Del Amor y otros ensayos.Ouspensky, P. D. Fragmentos de una EnseñanzaDesconocida.Ouspensky, P. D. Psicología de la Posible Evolucióndel Hombre.Vaysse, Jean. Hacia el despertar a sí mismo.
Relato de algunos encuentros con G. I. Gurdjieff Por Sir Paul Dukes Desde la antigüedad nos llegan ceremonias, ritos y oraciones. Sin embargo, a menudo surge el sentimientode que "algo" falta, algo que nos permitiría establecer una relación dinámica con este material, una clave que nos llevaría a ser tocados de nuevo por estas tradiciones de acuerdo a su intención inicial. Lo que sigue es una indicación de lo que es posible. Una noche, bastante tarde, Lev Lvovich me dijo:"Quiero que conozcas a alguien. Ven conmigo". No dio ninguna explicación, aparte de señalar que la persona que íbamos a ver era uno "de aquéllos de los que hay muy pocos en el mundo". También exigió estricta reserva sobre nuestra visita, ya que ese hombre se hallaba "escondido". ¿Por qué? No lo explicó. Se encaminó hacia una casa al final de una pequeña calle no muy lejos de la estación Nikolái. Allí tocó el timbre de una puerta al final de una escalera descubierta que sugería modestas viviendas burguesas. Fuimos conducidos a un apartamento muy sencillo. Lev Lvovich saludó a la mujer que nos recibió, pero no me presentó. Fue derecho hasta el final del pasillo y abrió una puerta. El hueco de la puerta parecía haber sido perforado a través de la pared del apartamento contiguo que era más amplio y suntuoso.Había un marcado toque oriental en la decoración. Las paredes del pasillo estaban adornadas con tapices; lámparas de hierro forjado con cristales coloreados colgaban del techo. Moviéndose como si estuviera en su casa, Lev Lvovich se asomó a una de las habitaciones yluego me indicó que lo siguiera. La habitación, bastante grande, estaba cubierta de cortinas y otras colgaduras, con lámparas que hacían juego. En un rincón había un diván grande y bajo repleto de cojines multicolores. En éste, dos hombres estaban sentados con las piernas cruzadas, jugando ajedrez con piezas de lujosa hechura. En una mesa octogonal a su lado, había café y tazas. De cuando encuando los jugadores alargaban las manos para beber un sorbo. Juzgando por las apariencias, ninguno de los dos era europeo. Uno, que lucía una bata de seda estampada y un turbante, era macizo, moreno, con una barba corta, espesa y negra. El otro, vestido con un traje ancho y bufanda en lugar de corbata, tenía la piel bronceada y curtida, los pómulos prominentes, los ojos sesgados y una pequeña barba de perilla.
Salvo por una leve inclinación de cabeza, ninguno de los dos prestó la menor atención a nuestra entrada. Continuaron su juego, intercambiando palabras en una lengua que yo no comprendía."¿Café?", preguntó Lev Lvovich, señalándome un taburete. Sirvió el café y se puso a mirar el juego. La partida terminó muy pronto, en medio de una discusión presumiblemente sobre cómo el perdedor debió jugar en el momento crítico. Aparentemente había ganado el hombre del turbante. Volteó la cara y al verme, dijo, como si yo hubiese estado allí toda la noche: "¿Juega?" hablaba ruso con un marcado acento."No muy bien", conteste, "pero me gusta". En respuesta hizo un gesto invitándome a ocupar el puesto del contrincante anterior, quien se puso de pie para cederme su lugar, y comenzó a charlar animadamente con Lev Lvovich."Quítese los zapatos, si desea estar más cómodo", dijo mi anfitrión. Así lo hice, avergonzándome al descubrir que tenía un agujero en uno de mis calcetines. Traté de ocultarlo cuando crucé la pierna, pero para mi bochorno, él yase había dado cuenta y, sonriendo, dijo: "¿Es partidario de la ventilación? Muy bien… -¡nada como el aire fresco!... ¿Blancas o negras?"- y extendió ambos puños cerrados con los dos peones. Cuando escogí el blanco me di cuenta de que la otra mano también contenía uno blanco. Ahora, sentado frente a él podía ver que sus ojos oscuros, cuyo resplandor me atravesaba, eran a la vez compasivos y de un humor chispeante. Yo estaba agitado, pero de ninguna manera me sentía calificado para ser su contrincante. Me ganó fácilmente."Nichevo –no importa", dijo. "Espero que tenga muchas ocasiones de tomar la revancha". Hizo una leve inclinación de cabeza, abriendo sus manos para indicar que sería recibido.Luego, una larga conversación tuvo lugar entre los tres hombres. Por sus ademanes deduje que Lev Lvovich contaba a los otros dos mis experimentos en curación mediante la oración del Padre Nuestro. Durante elúltimo verano visite a menudo una pequeña aldea cercana a la residencia de un rico terrateniente a cuyos hijos daba clases. Un día, uno de los ancianos de la aldea me rogó que ayudara a su esposa, quien se mantenía en cama con fiebre muy alta desde hacía ya tres semanas. Me sentí totalmente impotente porque ninguno de nosotros tenía dinero para un médico. Finalmente, accediendo a sus súplicas, lo acompañé a su casa. De pie, ante la mujer enferma de gravedad, lo único que se me ocurrió fue rezar en voz alta por su recuperación –recitando el Padre Nuestro, una y otra vez, en inglés, una de las pocas oraciones que recordaba. Sorpresa y turbación me sobrevinieron al notar que la fiebre se aplacó inexplicablemente. Las noticias se esparcieron por toda la aldea, y los lugareños comenzaron a implorarme que rezase de esta manera cada vez que uno de ellos se enfermara. ¿Qué sucedía? Mis "pacientes" mejoraban. Estaba aterrado y curioso por estas misteriosas "curaciones". Por supuesto me alegraba que mis esfuerzos ayudaran a los aldeanos, pero fue un alivio cuando el verano, finalmente, llegó a su término conjuntamente con mi papel de "sanador". Al rato, Lev Lvovich se dirigió a mi y me pidió quedijera, para mi anfitrión, las palabras del Padre Nuestro de la forma como yo las había recitado a mis pacientes. Así lo hice, más bien cohibido."¿Es usted inglés?", preguntó mi anfitrión, en inglés."Si"."Por favor, diga su Padre Nuestro de nuevo". Hablaba el inglés mejor que el ruso, casi correctamente y con menos acento. Repetí el "encantamiento"."Muy, pero muy in-te-re-san-te," dijo, observándome con tanta atención que me vi obligado a desviar la mirada. Advertí que Lev me observaba cuando sedisponía a jugar una partida de ajedrez con el hombre de los ojos sesgados. Me hizo una señal con la cabeza, con una mirada que daba la impresión que debiera prestar una especial atención a todo lo que dijera nuestro huésped. Continuamos hablando en inglés, y la conversación –que tengo razones suficientes para recordar- de desarrolló de la manera siguiente. La reconstruyo de la mejormanera posible guiándome por los apuntes tomados enaquel momento."¿Quién le enseño a rezar así el Padre Nuestro?"" Nadie. Sólo se me ocurrió hacerlo así"."Diga la oración completa, de la misma forma". Así lo hice, balbuceando una o dos veces."¡Usted la interrumpió! Dijo las primeras frases sin detenerse, pero entonces tomó aire. Eso es incorrecto. Esta es la manera como el Padre Nuestro debería decirse. Escuche y observe". Puso sus manos sobre las piernas, fijó la mirada en mí, y comenzó a respirar lenta y profundamente, reteniendo el aire unos momentos, sin moverse. Había mucha tranquilidad en la habitación. Lev Lvovich y el otro hombre estaban absortos en su juego. Parecían pertenecer a otro mundo. Yo sentía que estaba entrando en uno nuevo. Una nota musical grave, baja y plena como un sol por debajo del do central comenzó a sonar en el lugar, un sonido puro y seco, asordinado por las telas. Mi anfitrión había comenzado a cantar el Padre Nuestro. Las palabras surgían lenta y suavemente, las sílabas brotaban en forma equidistante y pareja, en el fluir de la nota. Las consonantes, apenas sonaban lo suficiente para articular las palabras. De principio a fin no había interrupción, ni vacilación, ni descanso para respirar, ni variación en el tono; era un sonido único, integral y retenido, que le impartía a la oración un significado más profundo que las propias palabras. El "amén" –pronunciado, por supuesto,"aaa-meen"- se alargaba hasta lo inaudible de una manera tal que fundía la nota musical que se apagaba, con el silencio que le seguía. Cantado lentamente, de un solo aliento, parecía durar un tiempo muy largo. Embelesado, me senté lleno de expectativas. El sonidode la nota cantada tenía un efecto penetrante y singular. Me sentía como si aquello hubiera entrado en mí. Poco después dijo: "se da cuenta, aunque las palabras tengan un significado profundo, esto no es lo más importante. Incluso hay dudas de que las palabras nos hayan sido transmitidas correctamente. Las versiones difieren y se introducen matices en la traducción. Lo más importante del Padre Nuestro es quenos proporciona una medida conveniente de un solo y entrenado aliento". Me encontraba perplejo. "¿Qué tiene que ver el aliento con esto?"Su respuesta fue larga. Sólo puedo transmitir a medias lo que me dijo. El Padre Nuestro, decía siempre refiriéndose a él como a "su Oración de nuestro Señor", era originalmente "un ejercicio devocional de respiración para ser cantado de un solo aliento llano". Esto mismo se aplicaba a otras oraciones antiguas compuestas en Oriente en un pasado lejano. Beneficios sutiles de gran valor, decía, se derivan de las vibraciones producidas por la entonación correcta, mentalmente polarizada por las palabras de las oraciones. Para entonarlas de la manera como estaban destinadas a serlo, debe prestarse igual atención a los tres elementos: el aliento, el sonido y las palabras. En la religión moderna de Occidente, que ha degenerado en un formalismo institucional sin remedio, se toman las palabras por los hechos. "He estado en muchas iglesias de Inglaterra y Norteamérica", dijo mi anfitrión misterioso, " y siempre escuché a la congregación mascullar el Padre Nuestro, todo corrido, en un gruñido confuso, como si el meromurmullo repetido de la fórmula fuese lo requerido.¿Ha leído usted sus Escrituras?"Le conté que me habían hecho tragar la Biblia cuando niño y, por consiguiente, hubo momentos en que estuve a punto de odiarla. "Es mejor odiar algo, que serle indiferente", replicó."Eso significa que puede llegar a quererlo cuando lo comprenda correctamente"."Mi padre fue clérigo", expliqué."¡Oh! Tuvo un mal comienzo. Uno no espera que los sacerdotes comprendan la Biblia. Ellos se aferran al texto. Usted notará que aunque Jesús abiertamente dictó las palabras de su oración modelo, cuando quiso mostrar cómo debían pronunciarse –la parte más importante del ejercicio-, llevó a unos pocos discípulos elegidos a un sitio apartado y les dio instrucciones especiales. Eso nunca se dijo, no quedó registrado"."¿Por qué no?""No puede ser registrado. Es un asunto individual. No importa lo semejantes que podamos ser en las apariencias, todos estamos construidos más o menos diferentes unos de otros. Tiene mucho que ver con la manera como un hombre respira, y no hay dos personas que lo hagan exactamente de la misma manera. Se tenía que enseñar a respirar a cada uno de los discípulos, y luego a encontrar la nota y el tono correspondiente a sí mismo con lo cual la entonación logra el mejor efecto"."Pero, ¿acaso la naturaleza no nos enseña a respirar?"repliqué. Respondió que la naturaleza, por supuesto, nos obligaa respirar; vivimos por la respiración, pero habitualmente desempeñamos dicha función de un manera limitada, sin estudiarla, sólo lo suficiente como paramantener unidos el cuerpo y el alma. Inclusive los cantantes y los atletas solamente estudian la respiración adaptada a su actividad particular."También nos ponemos en cuatro patas y gateamos, hacemos ruidos, y realizamos muchos actos sininstrucción especial, pero para caminar, hablar ycantar necesitamos aprender. Sin embargo, nadie piensa que es necesario enseñar a los niños a respirar –es decir, nadie, aparte de ciertos círculos reducidos. Se vincula una técnica a cada cosa antes de poder hacerse con mejor provecho, y esto es especialmente cierto en relación al aliento de la vida, aunque muy poca gente se de cuenta". Insistí en que la respiración era una función tan natural como la digestión, o la circulación de la sangre, y mientras más permitamos que estas cosas funciones por sí solas, mucho mejor. "Además", dije,"la oración no es una cuestión física, es espiritual"."¿Dónde está la frontera?" replicó."Si la oración no tiene que ver con las funciones físicas, ¿Por qué todas las grandes religiones, incluyendo aquellas que se fundamentan en su Biblia, insisten en asociar la oración con el ayuno?". Me sentí perplejo ante ese comentario."Así que la oración en su más alto nivel pareciera después de todo tener algo que ver con la digestión, e incluso con la calidad y la circulación de la sangre". Este pensamiento revolucionario necesitaba ser digerido. Cambié de tema."¿Por qué es necesario que la oración sea entonada?¿Por qué no se puede simplemente recitar?"Por toda respuesta él descubrió su poderoso pecho y, tomando mi mano, dijo: "Ponga su dedo aquí". Coloqué la punta de los dedos, como él me indicaba, en la base de su pecho. Tomó una bocanada de aire profundamente y comenzó a entonar aproximadamente la misma nota de antes. Podía sentir su torso entero vibrando, y la vibración me era transmitida como una suave corriente eléctrica. Retiré mis dedos, y después de un breve intervalo, dije: "Usted no articuló palabras, cantó un solo sonido, `O', y luego continuó con una `M'"."Nada se le escapa", se rió entre dientes, animándome."Este es un ejercicio con el cual se puede empezar.¿Le gustaría tratar? Cante la palabra home" .Deslicé la punta de los dedos dentro de mi camisa, colocándolas justo en el esternón, y empecé a cantar, pero, ¡qué diferente había sido el efecto cuando lo hice con él! Sólo podía sentir una vibración débil, al mismo tiempo que mi entonación sonaba como un gruñido quebrado."No importa", dijo amablemente. "Le enseñaré como practicar, y al cabo de pocos años si usted se aplica,obtendrá resultados"."¿Años?" exclamé desanimado."Bueno, ¿cuántos años toma adquirir pericia en música? La oración es un arte al igual que la música, lapintura, la actuación o la escultura y, cuando menos, posee el mismo grado de dificultad. Algunos tardan toda una vida en aprender"."¡Toda una vida! ¿De qué sirve aprender al final deuna vida?!""Joven", me dijo con seriedad, "mucho de lo que le digo ahora sólo lo podrá comprender a cabalidad más adelante. Recuerde esto, rezar es un arte, y en el arte no hay una meta final. Siempre se puede ir más allá. Es un viaje de descubrimiento infinito y, como sucede en tales viajes, lo que se adquiere en la marcha a menudo es tan valioso como lo que se encuentra al final del camino". Los dos hombres que jugaban ajedrez al fondo de la habitación habían concluido su juego. Lev lvovich se acercó y le dijo algo a mi anfitrión, quien sacudió la cabeza y contestó secamente, como si deseara seguir hablando conmigo. Lev regresó con su compañero ycomenzó otra partida."Por favor, diga el Padre Nuestro otra vez", le rogué.Una vez más mi anfitrión juntó sus manos, se preparó,tomó aliento lenta y profundamente. Y de nuevo la notaprofunda se esparció, llevando las palabras familiaresen su recorrido como una marea que lleva a los barcoslentamente a puerto."¿Puedo intentarlo?" me atreví a preguntar."Por supuesto. Usted debe aprender".Pero de nuevo, mi voz, en comparación con la suyasonaba débil y áspera, el tono vacilante y quebrado.Tratando de pronunciar las palabras tan lentamentecomo lo había hecho él, jadeaba cuando apenas iba porla mitad."No importa", dijo de nuevo. "Regrese otra noche y leenseñaré cómo empezar"."¿Tengo también que ayunar?", pregunté.Me miró por un momento, y estalló en una carcajada."Si, claro. Pero ¡no ahora!"Dio una palmada y entró un criado, le dio una orden, yel criado regresó con una bandeja surtida de zakuski ybebidas. Mi anfitrión llenó dos copas. "Pruebe mifórmula" dijo, "mucho mejor que el whisky. ¡Brindo pornosotros!"Vació su copa al estilo ruso, y para no quedarmeatrás, yo hice lo mismo. Menos mal que yo teníapráctica –el brebaje era potente. Apuntando con elpulgar a Lev Lvovich y su compañero, dijo: "Esos dosvejestorios se han quedado atascados en su juego.Vamos a tomarnos otro".Después de una segunda copa llamó a los dos hombres,quienes interrumpieron su juego para reunirse connosotros. La conversación, inevitablemente, nosapartó, pues el hombre de los ojos sesgados hablabamuy poco ruso y nada de inglés, de manera que yo nopude hablar con él, y así, los tres conversaron entreellos en su propia lengua. Lev me hablaba en ruso,mientras mi anfitrión prefería el inglés. Cuentossubidos de tono formaban parte de la conversación. Mianfitrión me traducía con gusto algunos de ellos. Mesabía uno o dos, que él también tradujo con granbeneplácito.Después de la cena, Lev Lvovich y su compañeroreanudaron la partida, y mi anfitrión dijo: "Lecantaré algunas canciones orientales". Dio una palmaday el criado le trajo una especie de guitarra con laque tocó quejumbrosas tonadas orientales, a vecestarareando, otras cantando suavemente con un exquisitotimbre de barítono."¿En que idioma está usted cantando?", pregunté."En la lengua de los páramos rocosos de los montesinaccesibles", dijo.Al cabo de un rato los otros finalizaban la partida, ydespués de varios tragos más Lev dijo que era hora deirse."¿Volverá?" dijo mi anfitrión."Me gustaría muchísimo"."Lev Lvovich lo traerá", dijo, y se levantó del divánpara acompañarnos hasta la puerta. Entonces noté queera de contextura robusta y de mediana estatura.Al despedirnos, su apretón de manos fue cálido yfuerte. Salimos como entramos, atravesando la puertaque daba al primer apartamento y posteriormente a laangosta callejuela por donde llegamos. La ciudaddormía. Nuestras pisadas se amortiguaban sobre unadelgada capa de nieve. Pequeños copos caían ensilencio centelleando bajo el resplandor de losfaroles."¿Entonces?", preguntó Lev, "¿Qué te pareció elPríncipe?""¿El Príncipe?""Nosotros lo llamamos el Príncipe"."¿Qué Príncipe? ¿Acaso es un príncipe?"Lev Lvovich vaciló. "Llámalo Príncipe Ozay", dijo él."Pero su nombre no importa. ¿Qué te pareció?"No podía encontrar palabras para expresar lo quesentía, y atiborré a Lev de preguntas sobre él. Sinembargo, no agregó nada –sólo dijo que volveríamospróximamente.Regresamos varias veces. Al principio estaba tanintrigado por la verdadera identidad del "PríncipeOzay" como por sus palabras y acciones –curiosidadnatural de la juventud. ¿Quién era él? ¿Por qué tantomisterio? Todavía no lograba librarme de lasinhibiciones de una sociedad escéptica que exigerequisitos convencionales como garantía de autoridad.Pero había visto en Lev Lvovich que tales requisitosle importaban muy poco. Desde entonces he podidoobservar que frecuentemente conducen a conclusioneserróneas. Hay abundancia de tontos con títulosacadémicos. Tenía razones para pensar que mi extrañoanfitrión era, al menos nominalmente, musulmán aparsi. Siempre habló de la Biblia como "sus"Escrituras, pero fuese él turco, tártaro, teutón otibetano; fuese su profesión la de calderero, sastre,soldado, marinero o vagabundo; fuese su reclusiónvoluntaria, forzada, o el resultado de motivospolíticos, sociales, comerciales o religiosos -¿Quéimportancia tendría todo esto, mientras yo pudierarecoger algo que necesitara y que él a su vez estabadeseoso de compartir? Él era un hombre bastante sabio,que había viajado mucho, con su conocimiento profundode las religiones comparadas y de la filosofía –nosólo de la universitaria, sino de la filosofía de lavida- de las que hablaba en términos tan pococonvencionales que sería difícil transmitirlas, tansalpicadas como estaban de comentarios incesantessobre eventos y anécdotas de todo tipo.Me fue difícil registrar más de una fracción de lo queél decía. En cuanto a su profesión formal, por lo quese veía, bien podía ser un mercader o un cacique dealguna tribu rebelde, o un periodista, o (como por unmomento llegué a sospechar) un visitante de la capitalrusa en alguna misión religiosa. Nunca lo averigüé, ycomo no era asunto mío, no permití que me siguieramolestando demasiado. Lev Lvovich siempre se refirió aél con el más profundo respeto. Me acompañó en todaslas visitas. Fuimos recibidos siempre de la mismaforma misteriosa, entrando por el apartamento trasero,y permanecíamos allí hasta las tres de la madrugada.El hombre de los ojos sesgados y de la barba deperilla era la única otra persona que estaba allí,exceptuando el criado, un mulato, que traía la comida y las bebidas.El Príncipe Ozay amaba la música y se interesó en míno sólo por mis experimentos de curación sino tambiénpor venir de tan lejos, de Inglaterra, a estudiar enel Conservatorio Ruso. Era el aspecto musical de loque planteaba –cantar de un solo aliento- lo que másme cautivó, pero muy pronto descubrí que esto sevinculaba inextricablemente con el resto –la física,la medicina, la filosofía. Pero él no era siempre fácil de descifrar.Como norma era provocativamente evasivo, hasta que yoemitiera algún comentario inusual o desafiante.Por ejemplo. Véanme una vez más sentado con laspiernas cruzadas frente a él –un chela a los pies desu guru, imagino que algunos prefieren esto a laspalabras "alumnos" y "maestro" que no dan la talla (deesos hay muchos). Mi guru es con certeza divino –enel mejor sentido, lo que significa enteramente humano-y su primera pregunta no es sobre el alma del chelasino sobre sus calcetines. Pero esta vez vinepreparado –tengo calcetines nuevos. "¿No hay agujeros de ventilación? ¡Qué lástima!Esto me recuerda al hombre que…"y así pasa de unaanécdota a otra. Trato de decir algo sobre los temasque tanto me interesan –pero él prefiere jugarajedrez. Más tarde lo vuelvo a intentar –pero insisteen probar una nueva bebida que ha creado, más fuerteque la que ingerimos en la primera visita.A eso de las dos de la madrugada murmuro: "Discúlpeme,Príncipe, pero…." Sin ningún resultado. Llegan más bebidas. Peroa mi no me hacen trampas. Espero la ocasión y digoabruptamente con la boca media llena: "Príncipe, si elPadre Nuestro está ligado al ayuno, por qué dice,`Danos hoy –nuestro pan de cada día'?"Ese era el tipo de comentario que él estaba esperando."Usted se equivoca. No es con el Padre Nuestro queestá ligado el ayuno, sino con el descubrimiento de lanota en la cual tales oraciones deben ser cantadas.Sin ayunar no se puede descubrir el Nombre"."¿Qué nombre?""Bueno, cuando usted dice `santificado sea tu Nombre',¿qué quiere decir?"Tuve que confesar que nunca me había detenido a pensaren esto."En su Iglesia nadie piensa en esto. Eluden lapregunta la pregunta diciendo que es el nombre de`Dios' y hasta ahí llegan. Sin embargo, la clave estáes sus Escrituras: `En el principio era el Nombre y elNombre estaba con Dios y el Nombre era Dios"."En el principio era la Palabra, no el Nombre",corregí."Logos, si quiere discutir", replicó."De hecho, cuando aún no existía ningún lenguaje nopodían existir palabras ni tampoco nombres en elsentido ordinario"."Entonces, ¿qué era el logos?""Un sonido. El primer sonido. El sonido más profundo.Lo que podría llamarse la nota tónica del mundo"."¿Un sonido que podemos escuchar?""Sentir. No oír en el sentido ordinario. El sonido máspenetrante es inaudible, de la misma manera que la luzmás penetrante es invisible. Pero medianteentrenamiento uno puede producir un eco audible delsonido porque cada octava es una réplica a un niveldiferente de cualquier otra octava, como todo el mundosabe. La función de la oración no es rogar o alabar,sino afinar"."¿Afinar qué?""El cuerpo. O el alma, si usted prefiere esametáfora". (A menudo usaba esta expresión, "cuerpo –oalma si usted prefiere la metáfora"). "Usted es uninstrumento musical al igual que un piano, y necesitamantenerse afinado. Es ahí donde intervienen el ayunoy otros ejercicios; usted es incapaz de recibir ydevolver vibraciones finas cuando su cuerpo –o alma,si lo prefiere- está sobrecargado de alimentosresonando en el estómago, o mientras la sangre retumbaen las venas y en las arterias"."¿La sangre? ¿Retumbando?""Como una cascada. No se puede oír cuando se estásiempre escuchando hacia fuera. Uno tiene que escucharhacia adentro –y eso, de por sí, es un arte. Mientrassus principales vías de comunicación estén llenas delruido de ese tráfico interior, ¿cómo puede esperar oíralgo?""Entonces, ¿para qué atiborrarse de comida ahora?"Dije esto con un genuino desaliento, poniendo mitenedor y cuchillo sobre la mesa.Mi gesto fue de talfranqueza que logró que él estallara de la risa. Sedetuvo para contarle a Lev Lvovich y al otro hombre loque yo acababa de decir. Lev me miró benévolamentecomo preguntándose si me estaría afectando demasiadoel comportamiento de nuestro anfitrión. No obstante,yo estaba seguro de que lo único que me quedaba porhacer era esperar."¡Escuche, joven! ¿Cuántas asignaturas estudia usteden el Conservatorio?"Las enumeré: piano, armonía, contrapunto,orquestación, dirección orquestal, historia de lamúsica, estética, etc."Sin embargo, ¿no es verdad que, entre todas,conforman un todo?" prosiguió. "Bueno, es exactamentelo mismo con el arte de la oración. El aficionadopiensa que puede hacerlo al igual que un aficionadoque hace música, a través de una especie de`instinto', o siguiendo los dictados de su `alma', oalgún disparate por el estilo, cuando es precisamenteel `alma' la que necesita ser dirigida. El `alma', o sentimiento, como debería serllamado, penetra la música; pero, no obstante, elconocedor sabe que, para ser perfecta, la música másconmovedora requiere una técnica entrenada"."El ayuno es un tributario del arte de la oración",prosiguió, "pero también es un arte en sí mismo y nonecesita ser estudiado de forma sistemática, no demanera fortuita o superficial".La respiración también es un arte, decía, igual que elsexo. "Nadie –en quien el sexo sea débil o nodesarrollado o desequilibrado o anormal- puede esperarjamás afinarse a la perfección"."¿Y que me dice del celibato?", le pregunté."En ciertas etapas del entrenamiento, el celibatotemporal es tan esencial como el ayuno", replicó,"pero sería estúpido hacer del ascetismo un fin en símismo. El fanático que se convierte en célibepermanente es como el músico que pasa toda su vidahaciendo un mismo ejercicio"."Dios", tomé nota de lo que decía en otra oportunidad,"no se alcanza por medio de la actividad, sino másbien a través del cese de toda actividad. El cese,hasta el mayor límite posible, de dieta, respiración ysexo. Estos son los tres pilares sobre los que seedifica la oración. Cada uno tiene que ser entrenado ydisciplinado por la restricción –no existe otra manerade hacerlo pues todos son caballos desbocados. Sólocuando el terreno está limpio se puede comenzar unaverdadera construcción. Solamente desde allí se puede actuar concientemente. Decir que la oración es`mental' o `espiritual' sería eludir el asunto. Laoración es fisiológica. Sus Escrituras mismas lo dan aentender, pero el formalismo le ha tapado los oídos ala mayoría de sus sacerdotes para que no comprendan, yla vista también, para que no perciban".Mucho de lo que él dijo estaba muy por encima de mientendimiento en aquel momento y solo llegue acomprenderlo después. Él debe haber notado laexpresión de desaliento que a veces me invadía, ya querepitió más de una vez: "Joven, recuerde lo que ledije acerca de que éste es un viaje dedescubrimientos. Hay tanto por aprender a lo largo delcamino como al final, y unos cuantos pasos son mejoresque ninguno, aunque tropiece".Las interpretaciones del Príncipe Ozay me abrieronperspectivas inesperadas e ilimitables. Lo másimportante para mi entonces era que el Evangeliobíblico debía estudiarse de una manera absolutamentediferente de la que me había sido inculcada durante lainfancia. Tenía un significado que sólo mediante unabúsqueda diligente podía descubrirse; para atesorarlo,porque la clave de su aplicación se basaba en las cosas simples prácticas dela vida cotidiana, empezando antes que nada con elentrenamiento del cuerpo físico, hasta convertirlo entemplo apropiado para el espíritu. Visto no solamente como un libro abierto sino comoalgo para lo cual era necesario encontrar una clave,el Evangelio se convertía así en algo intensamentepersonal, libre de cualquier tipo de dogma: un mensajeviviente, con la oración del Padre Nuestro comoemblema y las parábolas como ejemplo. "Busca yencontrarás", sonaba como una clarinada penetrantesalida de las profundidades, un reto al esfuerzo y laaventura, un llamado para hacer y arriesgar, en primerlugar con uno mismo.El Príncipe Ozay me animaba a ensayar la composiciónde mis propias oraciones de un solo aliento comoejercicios, tomando al Padre Nuestro como medida deduración, para ser cantado de la misma manera, en lanota adecuada más profunda, cada vez de un solo yfirme aliento. Compuse un cierto número de talesoraciones, de las cuales la que sigue, con la que élestuvo muy complacido, fue la primera:"Señor de la Vida, cuyo poder omnipotente habita hastaen la más ínfima célula de este cuerpo, manifiesta Tugloria aquí dentro, hasta la perfección plena. Permiteque esas fuerzas radiantes que llenan Tu universo mepurifiquen y me eleven, y que a través de laobservación gozosa de Tus leyes pueda adquirir lafuerza divina y la salud, y de esta manera consagrarmea Tu servicio por el resto de mis días".El canto de las oraciones en esta manera especial,decía Ozay, era practicada en la Iglesia Cristianaprimigenia, que la había heredado de los antiguosegipcios, de los caldeos, de los brahmines y de otrastradiciones del Oriente, donde se le conocen como laciencia del Mantra. Este aspecto esotérico delCristianismo se había perdido en la Iglesia occidentaldesde hace siglos. La estandarización de credos ydogmas tendió a extinguirlo, y el uso de órganos enlas Iglesias precipito la declinación del cantomántrico. Una reminiscencia, prueba de que existió enla antigüedad, perdura en la costumbre de entonaroraciones en una sola nota. Pero el arte de larespiración que lo controlaba apropiadamente se haperdido por completo. No queda más que un desalentadoy deprimente zumbido monótono que hace de cada oraciónun lamento. La mayoría de los sacerdotes oficiantescontemporáneos de las Iglesias Anglicanas o Católicasse sorprenderían mucho –por no decir que sufrirían unchoque- si se les dijera que sus prácticas son unacrasa degradación de lo que una vez tuvo la intenciónde ser un ejercicio físico devocional de gran valor espiritual, diseñado paraentrenar el aliento de vida por medio del cualvivimos, y ser ejecutado con esta intención en ciertasposiciones del cuerpo claramente definidas, muydiferentes de la actitud tensa, contraída, que es lacostumbre adulterada de hoy. Una presencia mayor delarte mántrico prevaleció dentro de la Iglesia OrtodoxaGriega, especialmente en su vertiente rusa, comoresultado de su devoción por la canción pura, sin interferencia instrumental alguna. La Iglesia Ortodoxanunca consintió que su canto fuera estropeado odegradado con la "ayuda" del órgano, y enconsecuencia, no permitió que entrara en las iglesias.Pero la Iglesia Ortodoxa propiamente dicha seenvileció con su asociación política y su servilismoal poder secular, y el conocimiento que alguna vezconservó detrás de su fachada dogmática se perdió engran parte. En efecto, a sus popes todavía se lesentrena como cantores, lo que incluye tanto lavocalización como el control de la respiración;desapareció hace ya mucho tiempo la concepciónprimigenia de la conexión esencial e inseparable entrelo espiritual y lo psicológico.No obstante, el Príncipe Ozay me dijo una noche cuandose tocaba este tema: "¿Le gustaría escuchar un eco delsonido del que le he estado hablando?"En realidad no había nada que yo deseara más."Entonces, vaya a los oficios de la abadía de AlexandrNevsky esta semana", dijo, "y ponga particularatención en todo lo que escuche".Era el comienzo de la Semana Santa y los grandesoficios previos a la Pascua se celebraban diariamenteen todas las iglesias de la región. Dejé todo a unlado para asistir a la Abadía la mañana siguiente muytemprano.El amplio interior de la Abadía está oscuro. Sólo unaspocas velas centellean aquí y allá ante los iconosenmarcados en bronce con sus caras pintadas de oscurostonos que atisban misteriosamente por detrás de sumoldura de metal adornado. En la lejanía se oye flotarun canto monótono que parece surgir de la partetrasera del gran iconostasio. Los feligreses comienzana congregarse, hacen reverencias, se persignan alentrar y prenden velas al pie de los iconos de su predilección. También se encienden ciriosfrente al iconostasio y en el atril dorado que seubica sobre el estrado, en la nave de la iglesia. Elcanto distante que se alarga, quejumbroso, se prolongasin cesar, destruyendo todo sentido de tiempo ymaterialidad.Ahora la iglesia se llena, feligreses de pie oarrodillados, solos o en pequeños grupos. El cantollega a su término. El oficio está a punto decomenzar. Se da una pausa, y de pronto el coro estallaen una canción magnífica, angelical. La abadía deAlexandr Nevski era famosa por la belleza superlativade sus cánticos, incluso entre una constelación decatedrales. Mientras los acordes divinos resuenan porla Abadía, las grandes puertas del iconostasio seabren de par en par y el archimandrita junto conalgunos popes asistentes, mitrados y engalanados contúnicas suntuosas, se adelantan, trayendo incensariospara sahumar a la congregación. La música, el color,el perfume -¡fueron verdaderamente sabios, quienes,por su condición artística, idearon este trasfondosensible al ejercicio religioso!El elaborado oficiosigue su curso. El tono bajo, fuerte y profundo de unpope tras otro arrastra las invocaciones; el coro haceresonar las respuestas. Finalmente llega el momento deleer las Escrituras. Un pope joven –es difícil estimarse edad a través de sus abundantes bucles y espesabarba, aunque pareciera estar rondando los treinta- sesube al estrado y ocupa su sitio en el atril. El restode los oficiantes se ubican a los lados. El escenarioes impresionante. Una quietud momentánea se asienta enel lugar. El joven pope se acomoda la sotana, hace unagenuflexión frente al altar, se persigna y se preparapara leer. ¿Para "leer"?El primer indicio de que lee es la reverberación, enmedio de la inmensidad silenciosa de la iglesia, de unsonido –bajo, parejo, extendido. Con cada aliento quese prolonga canta una sola frase, muy lentamente,articulando todas las sílabas en forma pareja. Es unfuerte barítono, muy parecido en el tono a las vocesde sus colegas, pero más pulido, más vibrante.Comienza con una nota como una octava por debajo deldo central, subiendo un semitono en cada frase,aumentando al mismo tiempo el volumen. Cuando llega ala dominante, su voz resuena vigorosamente entre las bóvedas y losarcos. Cuando, al concluir, en la octava, alcanza elclímax de la "lectura", la nota es como su carta detriunfo final –exultante, majestuosa, triunfante,sobrecogedora.Al principio fui tocado únicamente por la riqueza deuna voz que pudo haber cosechado fama mundial para sudueño si éste hubiese querido explotarla en elescenario de la ópera. El hecho en sí, sin embargo, noera nada excepcional en la Iglesia Rusa. Chaliapin nofue el único gran cantante ruso que se inició en uncoro de pueblo. Ni tampoco fue inusual su manera deleer. Era la práctica establecida; en aquel momento las Escrituras se leíande la misma manera en todas las iglesias del país. Noobstante, la voz de este joven pope era diferente dela de todos los demás. Cuando se acercaba al mi bemolse notaba cómo algo extraordinario sucedía con su voz.Parecía estar "dirigiéndola" de una cierta forma (esaes la única expresión que puedo encontrar paradescribirlo). Se había asido con fuerza al facistol,había erguido el tronco, alzado levemente la cabeza yparecía estar proyectando los sonidos hacia algúnpunto localizado en los vastos espacios de lo alto. Noescuche el efecto, lo sentí, -agudamente, casi como undolor, análogo al dolor que se siente en la vista aldesplazarla abruptamente de la oscuridad a la luzbrillante. Obtenía ese extraño efecto sólo con ciertasvocales, y con éstas yo sentía el sonido como siestuviera produciéndose dentro de mi propia cabeza y en todo micuerpo. Yo parecía estar identificado con eso, y suefecto era lograr que todo a mí alrededor semanifestara como si estuviese nadando y, por unmomento, se convirtiera en algo etéreo e irreal. Tuvemiedo de tambalearme y caer, por lo que fue necesariorestablecerme a la fuerza. Fue una experienciadesconcertante.Cuando el joven pope alcanzó su exultante nota final,la sensación de ser arrastrado se me hizo poco menosque intolerable, aunque no hubiera hecho nada pordetenerla o evadirla. Pero experimenté un sentimientocasi de alivio cuando el coro rompió a cantar denuevo. Pronto volví a mis cabales y miré a míalrededor para observar si otros habían sido afectadosal igual que yo. Si alguien más había "sentido" losmismos acordes que yo, no sabría decirlo, pero lo que no admitía ninguna duda era que toda lacongregación había sido poderosamente impresionada. Lamayoría estaba de rodillas, llorando.El joven pope bajo del estrado y la ceremonia siguiósu curso. Me alejé con la certeza de que había oído loque el Príncipe Ozay deseaba que oyera, y yo ansiabaconservar un recuerdo vivo de ello.Asistí dos o tresveces más durante la semana y tuve la mismaexperiencia, siempre misteriosa, aunque cada vez menosdesconcertante por estar ya la expectativa.Le conté primero a Lev Lvovich."Debes contárselo al Príncipe", me dijo.El mero hecho de que el Príncipe Ozay supiera del popeestablecía en mi mente una conexión inevitable entreambos."¿Será ese joven pope un alumno del Príncipe?", lepregunté a Lev con curiosidad, pero no fui alentado ahusmear en lo no me incumbía.Me llevó a ver al Príncipe Ozay, y una de las primeraspreguntas que le hice se refería a si otros en lacongregación podrían haber tenido una experienciasemejante a la mía. Me respondió que esto eraimprobable, aunque cualquiera persona sensible podíaser impactada por la calidad excepcional de la voz."Debería tomar su experiencia como una señalalentadora", dijo. "Esto significa que aún partiendode unos pocos ejercicios, su cuerpo –o alma, si loprefiere- ha comenzado a ser receptivo al Nombre, o ala Palabra, si lo prefiere. Dentro de unos años, siusted persiste, notará los resultados"."Sin embargo", repliqué con obstinación, "no puedodecir que fue precisamente agradable, especialmente laprimera vez"."Joven", respondió con severidad, "¿condena usted alsol porque lo ciega cuando lo mira, o al fuego porquelo quema cuando lo toca, o a sus músculos porque leduelen después de un esfuerzo? La verdad siempre debeser revelada en pequeñas dosis muy diluidas. Y elsonido también tiene que ser racionado, especialmenteel Nombre que está por encima de todo Nombre, como loexpresan las Escrituras suyas. Por eso es que elNombre debe ser santificado. Una sobredosis fácilmentepodría causar su muerte de no estar lo suficientementeentrenado"."¿Podía, por esto, haberme muerto en la catedral?",pregunté aterrado."Si, si esto hubiera estado más concentrado, al igualque una cuerda de violín estalla al ser pulsada condemasiada fuerza o que notas musicales de una ciertacalidad pueden quebrar objetos sólidos a distancia".Comencé a pensar que me había librado de un aprieto.Micara debió haberme traicionado porque vi como cambiabasu expresión."Joven", dijo, reprochándome suavemente, "podría darlemuerte en un instante, aquí sentado, sin necesidad deque ninguno de los dos movamos ni un músculo".Lo miré con estupor, incrédulo por un momento. Perohabía algo en su tono y actitud que implicaba unaconvicción. Permanecí sentado, avergonzado,profundamente desconcertado."¿Le tiene usted miedo al riesgo?", me dijo una vezmás con gentileza, aunque todavía con algo dereproche. "Comprenda esto claramente. Ningún hombrepuede adquirir un conocimiento de esta naturaleza sinriesgo de morir. Dios, mal aplicado, es el Diablo.Sólo hay una fuerza en la Creación. El bien y el maldependen exclusivamente de su aplicación".El Padre NuestroPadre nuestro, que estás en los cielos,santificado sea tu Nombre,venga tu Reino,hágase tu Voluntadasí en la tierra como en el cielo.Danos hoynuestro pan de cada día;y perdónanos nuestras ofensas,así como nosotros perdonamosa quienes nos ofenden;y no nos dejes caer en tentación,más líbranos del mal.Porque tuyo es el reino,el podery la gloriapor los siglos. Amén.¿Quién es el Príncipe Ozay?Según recuerdos y memorias de los alumnos deGurdjieff, el maestro de la oración, el Príncipe Ozay,fue de hecho Gueorgui Ivánovich Gurdjieff (1866_1949), un maestro espiritual cuyo período activo en laRusia de 1914 coincide con la época en que sucedieronestos acontecimientos.Nacido en Alexandropol, en lafrontera ruso – turca, el joven Gurdjieff fue criado yeducado en un ambiente cultural de extraordinariariqueza, una encrucijada de influencias de Oriente yOccidente.Había llegado a Moscú y San Petersburgo después de unalarga odisea a través de monasterios y escuelasesotéricas ocultas del Medio y Lejano Oriente, lohabía guiado su inagotable pregunta: ¿Cuál es elsentido y el propósito de la vida en la Tierra, y enparticular, de la vida humana? Esta búsqueda le aportógradualmente el antiguo conocimiento que más tardetrajo a Occidente.Entre quienes fueron atraídos a su enseñanza seencontraban P. D. Ouspensky, Catherine Mansfield, T.S. Eliot, Frank Lloyd Wright, Jean Toomer, MauriceNicoll, A. R. Orage, y muchos más. Sus ideas y métodosprácticos para la transformación conciente del hombrepulsaron una cuerda sonora en algunos miembros de unageneración desilusionada por las calamidades de laPrimera Guerra Mundial que buscaban un sentido másprofundo para sus vidas aparentemente afortunadas.Gurdjieff introdujo su enseñanza en Norteamérica amediados de los años veinte con charlas públicas ypresentaciones de sus "Movimientos", las danzassagradas que había traído de Oriente. Más queejecuciones fragmentarias o ejercicios calisténicos,los Movimientos son un lenguaje físico mediante elcual se transmite el conocimiento y se transforma encomprensión.El trabajo de Gurdjieff se ha extendido por el mundoen los años posteriores a su muerte, el 28 de octubrede 1949. Gurdjieff se refería a su enseñanza como una"Escuela del Cuarto Camino".Diferenciaba al Cuarto Camino de los tres caminostradicionales de progreso espiritual: el del faquir,el monje y el yogui.El faquir se esfuerza por obtener maestría sobre sucuerpo como vía de acceso hacia la unión con laDivino. El monje intenta, mediante los sentimientos yla devoción, encaminarse hacia la misma meta. Elcamino del yogui hacia la unión, el sendero de lacomprensión, es a través de la mente.Cada uno de estos caminos, aunque efectivos, sonincompletos. En algún momento el adepto debeequilibrar las tres funciones en su totalidad. Estoscaminos tradicionales usualmente exigen que elbuscador se aísle del mundo.El Cuarto Camino trabaja sobre las tres funciones–cuerpo, mente, sentimiento- simultáneamente, parapermitir el desarrollo armónico del hombre.También es característico del Cuarto Camino el hechode que puede seguirse dentro de las condiciones devida ordinaria del buscador.Las ideas de Gurdjieff han ejercido su influencia enmuchos ámbitos: las artes, la ciencia, la educación,la teoría social y la filosofía, a menudo como unacorriente que fluye justo bajo la superficie.Actualmente, existen grupos que trabajan unidos entodo el mundo tratando de comprender las ideas deGurdjieff y de hacer uso de las técnicas para eldesarrollo armónico que conforman su legado.¿Quién es Paul Dukes?Desde su más temprana edad como hijo de unministro-párroco en Inglaterra, Paul Dukes, nacido el10 de febrero de 1889, fue atraído por el misterio. Sumente joven cobraba vida con el deseo de ver y conocerlo que se ocultaba detrás de las apariencias. Suespíritu de aventurero y su propia pasión por laactividad física febril se equilibran y complementancon su profundo sentimiento por la música y un sentidode su poder para vincularnos a un orden superior.En estos años Paul Dukes se interesaba en la teosofía,el espiritismo y el hipnotismo e investigaba fenómenosde curación "espiritual" en el momento que este ensayoes redactado. Paul Dukes tiene el honor de ser elprimer alumno inglés de Gurdjieff. Fue miembro de kaComisión Anglo-Rusa desde 1915 hasta 1918 y sirviócomo oficial de la Inteligencia Británica en Rusia entre 1918 y 1919. A cargo de una comisión itinerantede investigación en la Rusia europea, su dominio delruso, su habilidad para disfrazarse, su audacia y sudisponibilidad para cruzar fronteras e internarse enzonas peligrosas le hicieron vivir numerosas aventurasdurante el servicio a su país.Bajo el seudónimo de Afirenko, portando un pasaporteruso que lo hacía pasar por un agente de la Checa(precursora de la KGB), se infiltró en Leningradodespués de cruzar la frontera finlandesa en elsilencio de la noche. Su suerte era extraordinaria, yhubo veces en que se alistó en el Ejercito Rojo, eincluso en el propio Partido Comunista, para obtenerinformación. Fue gracias a estos servicios, unhistorial de aventuras románticas e intrigas en mediode la Revolución Rusa, que le fue otorgado la orden deCaballero del Imperio Británico a la edad de treintaaños.Sir Paul Dukes fue autor de Read Dust and the Morrow(1922) The Store of Secret Agent ST25 (1938), ambosrecuentos de sus experiencias en Rusia. Tambiénescribió An Epic of the GESTAPO (1940) y The UnendingQuest (1950), una serie de bocetos autobiográficosentre los cuales este ensayo fue publicado por primeravez.En 1922, se casó con Orden Mills, hija de la Sra. W.K. Vanderbilt de Nueva Cork. Se divorciaron en 1929, yen 1959 él se casó con Diana Fitzgewrald. Paul Dukesse radicó en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, donde murióel 27 de agosto de 1967.Obras de G. I. GurdjieffRelatos de Belcebú a su Nieto (Del Todo y De Todo,Primera Serie)Encuentros con Hombres Notables (Del Todo y De Todo,Segunda Serie)La Vida no es real sino cuando "Yo Soy" (Del Todo y DeTodo, Tercera Serie)Perspectivas desde el Mundo RealAlgunas obras de sus alumnosDe Hartmann, Thomas. Nuestra vida con el señorGurdjieff.Fremantle, Christopher. De la Atención.Orage, A. R. Del Amor y otros ensayos.Ouspensky, P. D. Fragmentos de una EnseñanzaDesconocida.Ouspensky, P. D. Psicología de la Posible Evolucióndel Hombre.Vaysse, Jean. Hacia el despertar a sí mismo.
